Morante: la verdad desnuda del toreo
Todavía resuena en los ladrillos de la Maestranza el eco de lo ocurrido ayer. En una tarde donde el tiempo pareció doblarse sobre sí mismo, Morante no solo toreó: invocó a los fantasmas que habitan en el despacho de Joselito y los sentó con él en una silla de tijera. Lo que vimos ayer no fue un éxito estadístico, sino la confirmación de una sospecha.
Por Mauricio Berho
En un mundo donde el toreo a menudo se viste de artificio y rutina, Morante emerge como un faro de autenticidad. Su arte no se aprende ni se copia, es una manifestación pura y sincera, nacida del alma y expresada sin máscara. Hay en su figura una fragilidad oculta, un peso invisible que solo él percibe, una sombra íntima que parece modelar cada gesto, cada pase, otorgándole una intensidad única, como si su cuerpo guardara un secreto que solo su alma traduce en riesgo y belleza.
En cada pase, Morante revela la esencia misma del toreo: la verdad desnuda, frágil y poderosa, que solo los elegidos saben mostrar. Esa verdad está marcada por un pulso distinto, un latido interno que no se ve pero se siente, y que convierte su toreo en un misterio vivo, tan conmovedor como inevitable.
Lo suyo no se repite. No se estudia. No se domestica. Cada tarde suya es una aparición. Porque hay toreros con valor, hay toreros con técnica, pero Morante tiene otra cosa: una manera de sentir el arte que nace de lo más hondo, un impulso que lo lleva a buscar lo imposible sin cálculo, sin red.
Torea como quien sueña despierto, con una muleta que más que trazar pases, desata pasión. A veces improvisa, a veces calla, y en ese misterio está su verdad. No embellece el toreo: lo desnuda.
Hay además, en su toreo, una melancolía profunda. No es tristeza, no es nostalgia, es algo más sutil: la conciencia de que cada faena es irrepetible, de que lo vivido en el ruedo no volverá jamás. Morante sabe que no se puede pintar dos veces el mismo cuadro, que cada faena es un milagro condenado a desvanecerse. Pero también sabe que hay gestos tan puros que no mueren: se quedan flotando en la memoria, o atrapados en la inmortalidad de una imagen en blanco y negro, como una cicatriz en el alma, como un llanto que no duele. Torear, entonces, es aceptar la fugacidad y, al mismo tiempo, aspirar a lo imborrable. Es convertir lo que pasa en algo que permanece.
Por eso su toreo tiene ese perfume de lo perdido, de lo que se va mientras sucede. Esa manera de parar el tiempo por un instante, y de dejarlo ir enseguida, es lo que lo hace distinto. No busca el aplauso inmediato ni la repetición del éxito. Busca algo más esquivo: ese temblor de belleza que no se deja atrapar, solo rozar.
Y tal vez por eso, cuando torea, el silencio pesa más que el ruido. En su muleta no hay rutina, hay riesgo. En su figura, no hay pose, hay verdad. Y en cada gesto suyo hay una despedida, como si supiera que la próxima vez no será igual, que lo vivido no se puede guardar.
Morante, entonces, no es solo un torero. Es la memoria viva de un arte que, por un momento, se vuelve eterno.
Pero su forma de torear, aunque nacida de lo más hondo, no brota del vacío. Morante se ha ido construyendo desde una devoción antigua, como quien hereda no solo una vocación, sino una biblioteca entera. Adquirió el despacho completo de Joselito el Gallo, y es fácil imaginarlo, noches tras noches, sentado ante esos documentos, fotografías y manuscritos, buscando en ellos no modelos que copiar, sino inspiración que hacer suya.
No cita nombres, no presume de escuela, pero uno intuye que ha pasado horas enteras a la mesa de Gallito, dialogando en silencio con el pasado. Hay en él algo de Joselito, algo de Belmonte, algo de Chicuelo, pero nada en forma de calco. En Morante, todo lo aprendido se transmuta. Lee, observa, estudia... y olvida, para crear.
No es un resurgimiento ni una arqueología del toreo. Es una recuperación del alma. Como si en cada gesto suyo hubiera una correspondencia secreta con aquellos que lo soñaron antes. Con los que hicieron del ruedo un espacio sagrado, donde la estética no se separaba del peligro, y la belleza se medía con sangre y silencio.
Esa es tal vez la mayor rareza de Morante: haber hecho del pasado una fuente sin convertirlo en museo. Torear con memoria, pero sin ataduras. Ser moderno sin dejar de ser antiguo. Y, sobre todo, hacer sentir que en su muleta pasan cosas que ya no pasan. O que solo pasan cuando él torea.
Porque, como escribió Unamuno, al final lo que nos queda es lo que no nos queda.